Hola familia, hace ya una semana que llegué a París donse estoy haciendo mi curso anual. Aviso que, al relatar algunas cosas de estos días, no podré evitar hacer alusión a los días que pasé en Nápoles hace ya 3 años. Es imposible llegar a la cota de la perfección en todos los sentidos. Así que París no está siendo Nápoles. Dicho esto, continúo. Ésta es una ciudad preciosa que mechos de vosotros conocéis. Yo he estado en cuatro ocasiones antes que ésta. La residencia está en medio del cartier latin, junto a La Sorbona, en rive gauche del Sena, a cinco minutos de Notre Dame. Pasear por estas calles es una gozada. Pero luego está el tema de los museos, y ahí es dónde he encontrado las sombras que cubren esta estancia. Un día quisimos pasarlo entero en Versalles, qué menos que pagar (sí pagar, soy catalana, y a mucha honra)20 euros para ver esa maravilla. Primero fui al FNAC en el que una señorita me dijo: comprando aqui la entrada no tiene que hacer cola, entra en directo. Al salir de la estación de Versalles, conforme íbammos llegando, a lo lejos se veía como una manifestación en una explanada. Ya más cerca vi que se trataba de una cola kilométrica que se iba haciendo como una cadena humana en varias eses. Pensé, ja, esta es la cola que me voy a saltar, pobres desdichados. Tardé bastante minutos en comprender que esa era la cola de entrada, y que esos desdichados tenían todos su entrada que -si la compraron en Versalles- les había costado 5 eruos menos que a mí. Me sentí indignada cuando me lo confirmó una señorita de la entrada. No me quedaba otra cosa que poner buena cara y tragarme el enfado. Hacía un sol que picaba y allí estuvimos andando todas las eses durante una hora y media. Así, con ese agotamiento, una llega a ver las salas interminables del Palacio, y le da todo igual, de verdad. Yo entré en estado catatónico y apenas pude salir de él. Además me hacía mucha ilusión ir al pueblecito de María Antonieta, en el que estuve cuando tenía 14 años. Después de las salas y salas, salimos al jardín. Una vos dijo, "dicen que está prohibido comer", pero bueno, dije, si no como me desmayo sobre la marcha. Nos sentamos en unos escaloncitos y tomé la ensalada que me prefabriqué en casa: una especie de granitos que no sé a qué sabían, con atún. Y un plátano. Acabé de comer el plátano cuando empezó a caer una lluvia pertinaz. Vaya, esperamos a que no durara mucho. Pero no fue así, duró y cada vez se emepecinó más en changarnos la visita. Bajamos una cuestecita en el que vimos un trenecito que te llevaba a le petit Trianon y a le Grand Trianon, así como al pueblecito bucólico. La lluvia ya nos estaba empapando cuando se acercó otra señorita:"faltan 40 minutos para que salga el trenecito". Las que iban conmigo no se veían con fuerzas, así que nos volvimos a casa, bajo la lluvia.
Bueno familia, no os quiero dar pena, porque al fin y al cabo, por el solo hecho de estar aqui, ya hay que dar gracias a Dios. Pero es que, el sábado salí sola, a mi ritmo, con mi máquina de filmar. Estuve andando bastante rato. A la hora me empezó a doler el pie izquierdo, hasta tal punto que iba coja por esas calles. A lo lejos veía las torres de Notre Dame, y pensé que no iba a llegar nunca. Pasito a pasito lo conseguí...y... desde ese día no he vuelto a salir, sniffff...
No os preocupéis por mi, pienso que mañana podré salir porque he estado haciendo reposo con la pata en alto y ya está menos dolorido.Además, esta mañana he chateado con Joan y me ha aconsejado que me ría. En ese momento me costaba reirme, pero he pensado que si os escribía este relato lacrimógeno, me llegaría a reir y vosotros os habréis tragado un rollo infumable. Perdonad.
La próxima entrada espero estar más optimista. Besitos a todos.